Mi pequeña historia con Marisol (D.E.P.) en San Vicente de la barquera.

 







San Vicente y una historia imposible de olvidar.

Hay lugares que llegan al corazón de una manera difícil de explicar.


En el año 2023, mi esposa Marisol y yo decidimos pasar unos días de vacaciones en San Vicente de la Barquera. Fueron aproximadamente diez días que jamás olvidaré.


Marisol padecía una depresión mayor. Una enfermedad silenciosa, invisible muchas veces para los demás, pero devastadora para quien la sufre. Muchos la llaman “el cáncer del alma”.


Sin embargo, durante nuestra estancia en San Vicente ocurrió algo muy difícil de describir con palabras. Aquel pueblo la enamoró profundamente. Sus monumentos, la belleza de sus paisajes, el mar, sus calles, la tranquilidad, la gastronomía… todo parecía devolverle, aunque solo fuera por unos días, una paz que hacía mucho tiempo que no encontraba.


La vi feliz. Verdaderamente feliz.


Me dio las gracias muchas veces por haber encontrado aquel lugar y por haber decidido viajar allí.


Durante aquellos días escribí parte de mi libro El refugio de mis sentimientos, una obra nacida precisamente de las emociones y de las heridas que uno va acumulando durante la vida. 


La fotografía de la contraportada del libro está hecha en San Vicente de la Barquera. La eligió ella. Y también fue ella quien hizo aquella fotografía que tanto significado tiene hoy para mí.


Incluso escribí un capítulo dedicado a San Vicente inspirado en aquellos días.


Queríamos volver al año siguiente. Pero la vida, a veces, tiene planes crueles.


En julio de 2024, Marisol decidió poner fin a su vida.


Tenía solo 54 años.


Meses después regresé a San Vicente. Solo. Con el corazón roto. Volví para cumplir algo que sentía profundamente necesario: dejar allí parte de sus cenizas, en algunos de los lugares donde ella había sido plenamente feliz.


Recuerdo perfectamente aquel momento. El candado con nuestros nombres. El rotulador que compré allí mismo para remarcar aquel pequeño símbolo que hoy significa tanto para mí.


Desde entonces no he tenido fuerzas para regresar.


Pero también sé una cosa: una parte de Marisol permanece allí para siempre.


En esos paisajes.

En esas calles.

En ese mar.

En ese pueblo que logró regalarle un poco de felicidad cuando más lo necesitaba.


Y quizá por eso San Vicente de la Barquera ya nunca será para mí simplemente un lugar bonito.

Será siempre un refugio lleno de recuerdos, emociones y amor.


Quizá los historiadores modernos prefieran hablar de amor, memoria y emociones verdaderas… y no de discursos trasnochados, vacíos de sensibilidad y completamente amortizados.

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