Marisol, mi amor eterno
Me gustaba su timidez, sus ojos verdes y esa forma tan especial que tenía de mirar. Su piel de melocotón, como yo solía decir. Con los años conservó algo de aquella timidez, pero la muchacha reservada se convirtió en una mujer desenvuelta gracias a esa inteligencia natural que siempre la acompañó. Fue una mujer de convicciones, fiel a sus ideas y a sus costumbres. Sentía un inmenso apego por su familia y una devoción especial por su madre. Por sus hijas era pasión y entrega; y por mí, bendita locura de amor. Fui el hombre de su vida y, quizás, también la persona a la que más quiso. Puede sonar fuerte lo que voy a escribir, pero un día, estando presente su madre, llegó a decirme que me quería incluso más que a sus propias hijas. Y yo la creí, porque me tenía idealizado. No sé si merecía tanto amor. Con ella he vivido muchos de los momentos más felices de mi existencia. Treinta y siete años dan para mucho. En ese largo camino hubo de todo, como en todas las vidas, pero por encima de todo...