El tiempo se paró aunque siga
Para mí, aquel día 21 es como si hubiera detenido el tiempo, como si todo hubiese quedado congelado en ese instante.
Sí, la vida ha seguido. Han pasado los días, los meses… y pronto serán dos años. Pero yo siento muchas veces como si me hubiera dejado arrastrar por la vida, como si la vida hubiera pasado por mí y no yo por ella.
Desde que te fuiste, mi vida cambió por completo. A veces me siento desconocido incluso ante mí mismo. Y aunque suene contradictorio, creo que ahora empiezo a conocerme de verdad. Paso muchas horas en silencio, pensando, recordándote.
Algunas veces salgo, intento distraerme un poco del recuerdo… pero cuando regreso al mundo real, mis pensamientos vuelven a llevarme hacia ti.
Sé que tengo que ser fuerte. Sé que debo seguir viviendo: primero por mí, después por las niñas y por los nietos. Tenemos que apoyarnos unos a otros, ayudarnos en lo que podamos. Y la verdad es que todos los días te mencionamos, Marisol. Todos los días te recordamos.
Casi cada día aparece alguna lágrima. Río por fuera y lloro por dentro.
Como he dicho alguna vez, siento que doy dos pasos hacia adelante y luego retrocedo tres hacia atrás. Es verdad que, poco a poco, mi ánimo va mejorando. Voy estando algo mejor. Pero mi pena no termina de salir de mi alma.
En algunos aspectos me siento perdido. Yo siempre te consultaba mis escritos, mis dudas, tantas cosas de la vida… Eras mi gran apoyo.
Los últimos años fueron difíciles por tu enfermedad. Aquellos cambios de humor hacían complicada muchas veces la convivencia. Pero yo lo soportaba, aunque a veces llegara a desesperarme. Siempre tuve la pequeña esperanza de que te curarías. Pero no pudiste superar la enfermedad. La enfermedad te venció.
Estoy convencido de que tú no querías irte. Fue ella quien te arrastró lejos de esta tierra, hacia otros mundos.
Yo creo que eres energía. Creo que eres la luz que guía a tus hijas, a tus nietos y a mí.
Como tú decías: “nadie se muere por nadie”. Y es verdad. Pero quienes te hemos querido seguimos sintiendo dolor en el corazón. Yo, al menos, sigo sintiendo esa pena. Muchas mañanas todavía te lloro.
Te encuentro en letras de canciones, en calles, en rincones donde estuvimos juntos. Cuando voy solo en el coche, muchas veces miro hacia el asiento de al lado e intento imaginarte allí.
No sé qué me tendrá destinado el futuro. No lo sé, Marisol. Yo no esperaba esto. Nunca terminé de convencerme de que te irías de verdad.
Aquella carta tan bonita de despedida la conservaré siempre en mi alma. Ya no puedo leerla. Cada vez que lo hacía era un llorar constante, una manera de martirizarme a mí mismo. Ahora prefiero guardarla en mi memoria y no volver a leerla para no hacerme más daño.
A veces hablo y escribo y pienso que quizá me estoy volviendo loco… pero, en el fondo, estoy convencido de que tú nos proteges. Estoy convencidísimo de que eres nuestra energía.
Siempre pensé que mis seres queridos que se marcharon se convertían en mis ángeles guardianes. Y ahora, tras tu partida, siento que una de esos ángeles guardianes eres tú. Aunque nunca olvidaré a mi madre, a quien durante tantos años consideré mi ángel de la guarda.
Espero que donde estés haya paz y tranquilidad. Y espero también que me mandes la fuerza necesaria para seguir adelante. Porque hay momentos en los que creo que no puedo más… pero algo dentro de mí aparece y me obliga a continuar.
Quería escribirte esto para decirte, una vez más, que siempre serás mi chica.
La chica de ayer, de hoy y de siempre.

Comentarios