Cosas sueltas
Otra vez era madrugada, otra vez el mismo garito, está vez no era yo uno más de los que lo cerraban, mi amigo si, el siguió, continuó y juntó, el amanecer con el sol del mediodía.
Por mi parte baje la avenida y crucé hacia una calle para atajar, en medio de esa calle solitaria donde solo había coches aparcados una chica en mal estado gritaba con insultos a un chico que yo al menos no vi, después atravesé el parque donde unos chicos seguían celebrando su particular fiesta de botellón, casi todo el camino salvo esa dos excepciones solo oí el silencioso paso de mi caminar.
6,30 de la madrugada nadie me esperaba en casa tampoco mi perrito que estaba en casa de mi hija la mayor.
No tenía que dar cuentas de nada a nadie solo a mí mismo.
La noche había sido larga aunque en realidad se me había hecho corta, fueron más largos los veinticinco minutos de recorrido andando hasta mi casa que todas las horas juntas de la noche.
Me gustan algunas noches, las que elijo yo.
Cuando llegué a mi casa me acosté entre arrepentido y contento.
Arrepentido de las horas de sueño que yo a mí mismo me había robado y contento porque hubo momentos muy buenos en el trayecto de aquella noche, risas, buena música, agradable compañía y sobretodo olvidé lo que a veces me entristece.
En esas noches de libre voluntad es importante no caer en la tentación de ser un borracho sin control que pierde hasta el respeto por si mismo, esas noches esporádicas de fiesta y libre voluntad como ocasionalmente las llamo yo, es bonito que cuando te quitas la ropa y te metes en la cama te digas, "fui dueño de mi voluntad".
Julián Maestro

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