Cuando todo termina

 Una vez que pones fin a tu carrera y el vestido de torear lo cuelgas en un armario o en una vitrina, todo empieza a cambiar.

De repente, todo se llena de silencio. Todo es calma. Tienes todo el tiempo del mundo para hacer lo que antes no podías hacer. Ahora eres tú quien pone límites a tus entrenamientos, a tus comidas, a tus viajes y a tus amistades.

Pasas de recorrer carreteras continuamente durante los veranos a estar tranquilamente en el sillón viendo los festejos por televisión. El teléfono deja de sonar y solo permanecen las llamadas de esos pocos amigos que siguen estando ahí cuando no se alcanza la máxima gloria.

Imagino que incluso aquellos que llegaron a tocarla también descubren, llegado el día del adiós, que cada vez quedan menos amigos.

De mi profesión, como decía mi esposa, me gustaba el festejo en sí, pero no toda la parafernalia que lo rodea. La gente que quería hacerse fotografías contigo, las mujeres que se arrimaban al vestido de torear, los halagos y las sonrisas. Cuando toda aquella euforia desaparece, te das cuenta, aunque no te importe demasiado, de que gran parte de aquello era mentira, una simple pantalla.

He vivido momentos felices y momentos que parecían un infierno. He lidiado toros muy fuertes en pueblos pequeños donde apenas había repercusión. He conocido carreteras secundarias y también a algunos catetos con boina que, cuando las cosas no salían bien, te hablaban en tono desagradable, sin importarles que fueras apenas un niño.

Recuerdo principios de los años ochenta. Apenas era un adolescente y ya me juzgaban y trataban en algunas plazas como si fuera un hombre completamente hecho y derecho. Eso tiene esta profesión: aquí no se mide la edad. Puedes tener quince años, pero se te exige la mentalidad de un hombre de treinta. En el toreo se madura demasiado pronto.

Éxitos y fracasos, cornadas y olvidos, van siempre de la mano.

Todo aquel que quiera ser torero está muy bien que sueñe con la gloria, pero también es importante que en su cuaderno de ruta tenga presentes estas cosas. Tiene que ser muy fuerte moralmente, porque llegarán momentos en los que todo será esplendor: aplausos, piropos, fotografías y reconocimiento. Pero si, por cualquier motivo, la carrera se va evaporando, todo se convierte en silencio y en soledad.

Al final te quedas a solas contigo mismo. Todo lo demás se evaporó. Y lo poco que queda es tu dignidad, tu familia que te quiere y esos pocos amigos que nunca te abandonaron.

El toreo te marca tanto que llega un momento en que casi nada te importa. Solo importan tus hijos, las personas a las que amas y los verdaderos amigos. El resto era una fotografía difuminada, una película que viviste y que te endureció tanto que, con los años, tu cuerpo terminó convirtiéndose casi en una armadura.

Pero debajo de esa armadura sigue latiendo el corazón de aquel muchacho que un día soñó con ser torero.

  

Julián Maestro 










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