Marisol, mi amor eterno



Me gustaba su timidez, sus ojos verdes y esa forma tan especial que tenía de mirar. Su piel de melocotón, como yo solía decir. Con los años conservó algo de aquella timidez, pero la muchacha reservada se convirtió en una mujer desenvuelta gracias a esa inteligencia natural que siempre la acompañó.

Fue una mujer de convicciones, fiel a sus ideas y a sus costumbres. Sentía un inmenso apego por su familia y una devoción especial por su madre. Por sus hijas era pasión y entrega; y por mí, bendita locura de amor. Fui el hombre de su vida y, quizás, también la persona a la que más quiso.

Puede sonar fuerte lo que voy a escribir, pero un día, estando presente su madre, llegó a decirme que me quería incluso más que a sus propias hijas. Y yo la creí, porque me tenía idealizado. No sé si merecía tanto amor.

Con ella he vivido muchos de los momentos más felices de mi existencia. Treinta y siete años dan para mucho. En ese largo camino hubo de todo, como en todas las vidas, pero por encima de todo prevalecieron el amor, la complicidad y el cariño que siempre nos tuvimos.

De ella aprendí a no ser rencoroso, porque Marisol no conocía el rencor.

Los tres últimos años de su vida fueron especialmente duros. Cayó en una profunda depresión y, finalmente, decidió poner punto final a su estancia en la tierra. Desde entonces, mientras viva, maldeciré esa terrible enfermedad.

Aquí ha dejado una huella imborrable. Todos los días me acuerdo de ella. Casi todos los días, ante su ausencia, me invade la nostalgia, la tristeza y, muchas veces, termino llorando.

El próximo veintiuno de julio se cumplirán dos años de su partida, y, sin embargo, parece que fue ayer. Su esencia y su espíritu continúan acompañándonos.

Quisiera soñar con ella y pocas veces lo consigo. Pero me gusta pensar que ahora es aquella niña inocente y feliz, acompañada por sus abuelos en el cielo. Y también me gusta imaginar que un día, cuando yo me marche de aquí, volveré a buscarla. Entonces creceremos siendo niños juntos, nos haremos adolescentes y volveremos a enamorarnos. Y volveremos a ser uno.

Hasta siempre, Marisol.

Mi niña.

Mi amor.

Tú" Juli".

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