Unas pinceladas de la década





Era la década de mediados de los ochenta.

Pronto tendríamos que enfrentarnos al incierto y temido servicio militar. Temido por todo aquello que nos contaban nuestros padres sobre sus aventuras en la mili, sobre las novatadas de los veteranos a los reclutas, la disciplina militar y la dureza de aquellas maniobras en el ejército. Todo aquello despertaba en mi cierta inquietud y, por qué no decirlo, también cierto temor ante lo que se me venía encima.

Yo apuraba mis últimos meses de libertad divirtiéndome a tope, como si la mili fuese a acabar de golpe con mi vida normal.

Recuerdo que, en una de aquellas juergas de madrugada, paseaba por la Gran Vía de Madrid a altas horas de la noche. Iba un poco puesto de alcohol y, para serenarme, se me ocurrió pedirle a una persona que estaba regando la calle con una manguera a presión que me enchufara directamente en la cabeza.

Amablemente, accedió a mi petición.

Recuerdo que el chorro de agua era tan fuerte que, cuando me golpeaba en la cabeza, esta se me ladeaba. Aquella escena, vista ahora con la perspectiva de los años, resulta casi cómica.

Estaba obsesionado con la mili. Durante el último mes, todas las tardes salía a divertirme pensando que, cuando me incorporase al ejército, se acabarían mis diversiones.

Aprovechaba cada instante de aquellas tardes: discoteca, salir, ligar, amigos, juergas... Todo lo que pudiera hacer antes de que llegara el momento de ponerme el uniforme.

Había pasado de estar obsesionado con el entrenamiento a abandonarme por completo, entregado a la juerga.

Tenía entonces veinte años.

Después, todo fue otra historia.

El servicio militar era duro, sí, pero lo era para todo el mundo. Allí conocí a muchachos de mi misma edad, procedentes de lugares diferentes y con niveles culturales muy distintos. Compartíamos barracón, órdenes, maniobras, cansancio y muchas horas de convivencia.

A mí me habían pintado la mili como algo casi traumático, como una experiencia dificilísima de superar. Y la verdad es que, una vez dentro, descubrí que tampoco era para tanto. Aunque tampoco sería justo decir que hacer la mili era algo divertido.

Quizá lo que más fastidiaba era recibir órdenes que tenías que acatar te gustasen o no. No había demasiadas opciones: alguien mandaba y tú obedecías.

Pero, con el paso del tiempo, también comprendí que la mili enseñaba cosas.

Enseñaba respeto. Enseñaba disciplina. Enseñaba a desenvolverte por ti mismo y a vivir de una manera más independiente. Aprendíamos a convivir con personas completamente diferentes a nosotros y, sobre todo, aprendíamos a pasar mucho tiempo lejos del calor de la familia.

Han pasado ya cuarenta años desde aquello.

Y ahora, mirando todo con la perspectiva que dan los años, reconozco que a muchos chavales de hoy les vendría fenomenal vivir una experiencia parecida.

Quizá no por la mili en sí.

Quizá por todo aquello que aprendíamos sin darnos cuenta.

Julián Maestro 

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